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El pasado día 30 de abril se reunió en el Salón de Ciento de Jaca el ayuntamiento de esta histórica ciudad para votar la propuesta de concesión de los títulos de Hijo Predilecto de la Ciudad a Domingo Buesa así como la entrega del Sueldo Jaqués a las Madres Benedictinas en reconocimiento a la labor de estudio y divulgación y dedicación a la ciudad y a sus necesidades respectivamente.

El solemne acto fue seguido por abundante público representativo de las instituciones religiosas, civiles y militares de la ciudad así como una representación del ayuntamiento de Olorón, hermanado con Jaca, encabezado por su alcalde

Tras la intervención de cada uno de los portavoces de los diferentes grupos políticos en el ayuntamiento de Jaca exponiendo las motivaciones de su decisión se procedió a la votación a mano alzada, siendo aprobadas ambas propuestas con la sola abstención del representante de la CHA.

Tras la entrega de placas, medallas y diplomas a los homenajeados, el profesor Domingo Buesa nos deleitó con una deliciosa lección más acerca de su querida ciudad de Jaca. Siempre es un placer escucharle. Siempre saca uno ideas nuevas. Siempre acaba uno acomplejado por lo poco que sabe en comparación con la vasta erudición del profesor Buesa.

También sacamos otra conclusión. A pesar de todo, es humano porque en más de un momento en el discurso de agradecimiento su voz amenazó con quebrarse ante el peso de la emoción por el mérito recibido que sin duda y como él dice al final de su discurso "es el honor más grande que ha recibido en su vida".

 


Palabras de agradecimiento de Domingo Buesa Conde

por la Concesión del título de Hijo Adoptivo de la ciudad de Jaca

30 de abril de 2014


Señor Alcalde,
Señoras y señores concejales de Jaca,
Autoridades eclesiásticas, señor obispo, militares y civiles,
Señoras y señores,

Tras cuatro décadas de profesor, les aseguro que me encuentro con los mismos nervios y turbación de quién comienza su primera clase. Por eso, quiero rogarles que entiendan mi nerviosismo y que disculpen esta emoción que fluye desde el corazón agradecido a quienes me han regalado el inmenso título y la condición de ser Hijo de Jaca.

Este honor que me hacen es doble, porque además me permiten compartirlo con las queridas Madres Benedictinas de Jaca, guardianas de ese rincón en el que he entendido muchas cosas de la ciudad oyéndolas cantar con esas voces magnificas que saben a románico y a su entrañable y cariñoso compromiso con la ciudad. Por eso, antes que nada, les aseguro que como ellas, este honor también lo ejerceré con respeto y dedicación, valorando que es la primera vez que lo otorgan en la era moderna, al recordar la última vez que se concedió, en concreto al general Echagüe en 1914, ahora hace exactamente cien años, por haber apoyado la lamentable decisión de derribar las murallas, para que creciera la ciudad y por que decían eran un peligro para todos pues ya saben que la prensa, en 1889, había explicado que, tras caer unas piedras, “encontrose tendida en el suelo en el Paseo de la Muralla una anciana, al parecer muerta. Se personó el juzgado a levantar el cadáver y al reconocerlo el forense, fue acometido por un perro rabioso” que provocó que salieran “todos corriendo, ¡incluso la muerta!”.

Partiendo del honor que me hacen tras cien años sin conceder este reconocimiento, cuando escribía estas ideas pensaba que este es un instante para revivir sentimientos que completan el pasado, a través de palabras que nacen del corazón, pero, en el fondo, estaba seguro que en este instante de leerlas ante ustedes entendería que este es especialmente un momento de compromiso de futuro con aquellos sueños a los que hemos dedicado muchos años de nuestra vida.

Muchos de ustedes saben que comencé a estudiar -hace cuarenta y dos años- la figura de Sancho Ramírez, rey con el que -durante cuatro décadas- he compartido viajes, visitas, jornadas de estudio o noches de escribir su vida. Al final, hemos construido los dos una convivencia basada en el sentimiento y en el afecto, a través del cual –al final de tantos años- les tengo que reconocer que estoy empezando a pensar que ha gobernado mi vida. Primero cuando sentí la necesidad de recorrer la llanura de la Canal viajando cada mañana en la Tensina, desde mi casa de Sabiñánigo, para bucear los documentos en la catedral ante don Juan Francisco Aznárez, contando con la cálida complicidad del recordado deán Matías Fumanal y la de otros clérigos como Lacosta, Mur, Miguel Lafuente, Marino Sevilla, Mateo Gastón o José María Arcas. Después cuando me descubrí eligiendo esta ciudad como destino tras aprobar la oposición en Madrid para, encontrarme con gentes maravillosas comandadas por Marisa Bailo que, además de enseñarme muchas cosas, se convirtieron en mis amigos, desde Lourdes Piedrafita y María José a María Luisa Orós pasando por muchas personas que todavía llevo en el corazón y cuya relación sería muy extensa. Más tarde cuando Juan Lacasa y Ángel Mesado me convencieron de lo bueno que sería bucear, acabadas las familiares cenas en el Hotel Mur de doña Laura Leante, en los documentos de su archivo municipal donde noche tras noche los municipales –comandados por Nazario- compartieron conmigo sus bocadillos y yo mis descubrimientos, que me pedían les enseñara una y otra vez.

Y al final de todo mi vínculo con Jaca se hizo intemporal. Cuando ya estaba destinado como catedrático en Zaragoza acabé de ordenar los archivos de la ciudad y entonces me pidieron que catalogara y ordenara los de la diócesis, ayudado por mis alumnos más notables con el hoy brillante archivero Armando Serrano a la cabeza. Así nació un colosal trabajo que agradezco al recordado obispo Belda, anotando en las libretas aconteceres jacetanos, sentados en unas estancias románicas que para calentarlas era aconsejable abrir las ventanas incluso en pleno invierno. Gesto que el propio obispo justificaba cariñosamente diciéndonos que aquí ni hacia frío ni calor, cero grados, mientras la recordada Concha la campanera (la que fuera reina por un día) nos regalaba su pícara sonrisa.

Fueron años preciosos e intensos, en los que conté con la colaboración de muchos jacetanos que me acogieron con afecto y me facilitaron libros antiguos como Lorenzo Echeto, su hermano Carlos o Josechu Domínguez que me regaló la fotocopia de la primera historia de Jaca. Fue el tiempo en el que los González Chicot, con el empeño de mi musical y buena amiga Conchita Lalana, lograron que hiciera la primera historia de Jaca para el Casino de la Ciudad que, en colaboración con el Ministerio de Cultura, se editó hace treinta y dos años. Fue el momento en el que tuve conciencia de estar destinado a recuperar la historia de la primera capital de Aragón. En realidad, Sancho Ramírez me había llevado a donde quería: a convertirme en su cronista, en un historiador empeñado en narrar su mejor apuesta, su gran sueño, su gran triunfo: la creación de Jaca, la conversión de Jaca en la capital de Aragón.

Desde entonces mi trabajo de investigación ha estado vinculado a la historia de esta ciudad, lo que me ha permitido gozar del privilegio de recuperar los nombres y los hechos de los hombres y mujeres que han vivido en ella durante siglos. Se sucedieron los libros y los trabajos de investigación, tengo que decirles que publicados con magníficos concejales y grandes alcaldes de tres diferentes partidos políticos puesto que a todos nos une –por encima de todo- el amor a Jaca como dice mi gran amigo el académico Javier Ferrer. Y poco a poco, fui saltando a los siglos de la modernidad y salieron otros trabajos que sólo pretendían ser un homenaje más a la grandeza de esta ciudad, y que fueron enganchándome con lo jaqués, con los jacetanos, con Jaca. Con una ciudad que siempre ha sido muy cariñosa conmigo, especialmente cuando monseñor Conget me impuso la medalla de prior honorario de la Real Cofradía de Santa Orosia y cuando, años después, el amigo Francisco José Arbués me impuso la metopa y medalla del Primer Viernes de Mayo que me honra especialmente.

Y detrás de todos esos gestos y esos años seguía marcando criterio el viejo rey que creó esta ciudad, al que supongo descontento por haber abandonado aquellos años medievales hasta el extremo de obligar a mis amigos de la excelente Asociación Sancho Ramírez, a que me invitaran a recuperar su personalidad y su mentalidad desde el ambón de la catedral de Jaca. Fue un momento único, al caer la tarde de un día del que sólo recuerdo cómo la luz que tamizaba la oscuridad de la iglesia me invitaba a echar el alto a la modernidad y aventurarme en el estudio de los orígenes de la catedral, tema en el que me he llevado notables sorpresas ayudado por buenos y grandes amigos como Jesús Lizalde, a los que la providencia hizo bien en convertir en canónigos. Pero especialmente, en este alto en el camino, volvía mis ojos al estudio de mi querida santa Orosia que, les aseguro, que es más eficaz de lo que algunos creen y yo sé porque se les digo.

Una vieja foto de Oroel en todo su esplendor que me regaló Segundo Mesado y que había hecho en una mañana clara de diciembre su hijo Ángel, un cuadro de las Benitas nevadas que me hizo el gran pintor jacetano Pérez Tudela, una vista de la iglesia de Santiago que nos dibujó el añorado Topete, me acompañan en mi biblioteca; pero quien la preside es un viejo calendario de santa Orosia, que hecho por la parroquia me regalo mosen Valentín. Sujeto con una chincheta, sus hojas y sus días se han caído al paso de los otoños, pero la primavera de su mirada permanece en todos mis días.

Volvía a los orígenes, a ese intento de recuperar el espíritu que hizo posible la fundación de esta ciudad. Incluso a pesar de que caía en mis manos la inencontrable novela de la afamada Colombine –sobre los endemoniados de Jaca- que volvía a hablarme del ser jacetano, del sentimiento jacetano, y que publiqué ante la pesada insistencia de Asuneta que me convenció con el creciente deleite de la pastelería jacetana, que esta ciudad es plaza de importantes y múltiples obradores desde el siglo XIX. Pero había que volver a lo principal.

Todo estaba en ese punto en el que el historiador parece sentir el frío de la mirada furtiva de quien escribió los documentos, intuye que descubre esa palabra que nos sugiere el drama o nos desvela la clave del misterio. Por eso, volví a ser un aprendiz de historiador perdido en la magnitud del universo jacetano, pero seguro de que al final de todo siempre tendría el monte Oroel que impresionó a tantos intelectuales que comprendieron que en su contemplación el hombre se siente libre, feliz, integrado en esta tierra tan maravillosa que cautivó a Ramón y Cajal en cuyas memorias aprendí a vivir los atardeceres desde las eras de Oroel o el camino de Mocorones, los mismos atardeceres que añorábamos con el recordado Manolo Giménez Abad.

Y aquí me tienen, plenamente dispuesto a seguir los años que pueda trabajando para la grandeza de esta ciudad, porque a eso contribuye también la recuperación del pasado. De un pasado ilustre que ustedes custodian y que habla de una sociedad que nació convencida de la importancia de favorecer la construcción de la Europa de las ciudades, como defienden y bien mis grandes amigos de la asociación del Camino de Santiago con Ernesto Gómez, entonces concejal del que recuerdo con afecto compartir hace años la edición de mi segunda historia de Jaca. Estamos hablando, como explicaba en ese libro publicado hace diez años, de una sociedad que entendió que si no se respetaba la libertad foral y la dignidad del ser humano no se podía inventar el futuro; de una sociedad que comprendió que el principal motor del progreso es sentirse parte integrante de la tierra, de una sociedad que ha demostrado que sólo se puede avanzar de la mano de la cultura y del pensamiento.

Europa, libertad, territorio y cultura son las claves de esta ciudad a la que ustedes hoy me incorporan de derecho, en un impagable gesto que nunca les podré agradecer suficientemente. Por eso, permítanme que quiera trasmitir mi profunda gratitud, a todos los diversos miembros de la Corporación que –a lo largo de tantos años- han mostrado su confianza hacia mi persona, y que yo les he agradecido humildemente con mis trabajos objetivos sobre esta ciudad, como he podido y he sabido.

Y quiero, al finalizar mis palabras, dejar constancia más precisa de esta gratitud a los regidores que me han ayudado en diferentes momentos. Vaya mi cariño a todos ellos, desde Armando Abadía a Víctor Barrio, pasando por Pascual Rabal y Enrique Villarroya que fue la persona a la que agradezco me solicitara escribir la segunda historia de Jaca. Por tanto mi gratitud al Partido Socialista con Juan Manuel Ramón al frente, al que agradezco profundamente sus sinceras y consideradas palabras. De la misma manera al Partido Aragonés y a José María Abarca, al que agradezco su cordial loa y con el que he trabajado muy a gusto en la importante dimensión turística de la comarca. Y también mi saludo a Chunta con uno de cuyos concejales trabajamos en la revisión de aspectos de la historia contemporánea. Y, por último, quiero dar las gracias más afectuosas al Partido Popular que está logrando esta tarde el milagro de que decida concluir de escribir mi gran libro sobre Jaca, que les confieso tenía parado hace años, hablando de sus calles, de sus gentes y familias, de sus anécdotas, de sus comercios, en suma de la vida diaria. Quiero que sea mi agradecimiento personal a cada uno de los hombres y mujeres de esta ciudad, porque a ustedes les voy a dedicar esta nueva muestra de mi pasión por Jaca.

Pero quisiera concluir dejando constancia de mi gratitud especial hacia el actual alcalde de esta ciudad, al amigo Víctor Barrio al que admiro profundamente, respeto y sobre todo aprecio, la persona que me ha permitido vivir este momento excepcional de mi historia personal.

A él que ya es también mi alcalde, a los que son ya todos mis concejales, a todos ustedes, vaya mi agradecimiento más profundo por haberme aceptado como Hijo Adoptivo de Jaca que, a estas alturas y antes de que la voz me abandone, les tengo que confesar que es el honor más grande que me han hecho en toda mi vida.

De corazón, muchas gracias.

Satisfacción entre los homenajeados, familiares y amigos que acudimos a arroparles convencidos de que lo merecen con creces y de que en el futuro podremos presumir de haber asistido a este entrañable acto de la querida ciudad de Jaca.

Deseamos a la Comunidad Benedictina y a Domingo Buesa, muchos años de vida para seguir insistiendo en su empeño; puesto que su ingente labor a todos beneficia.