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ZÚMEL GONZÁLEZ, NELSON

Nací un día de San José de 1928 en una pequeña aldea llamada Tosende, del Ayuntamiento de Baltar, a quince kilómetros de Xinzo de Limia y a cuarenta de Orense.

Era entonces una hermosa estampa de casas de piedra cubiertas de paja en las que la vida se desarrollaba alrededor de la "Lareira".

Recuerdo el olor de los animales que la compartían: cabras, ovejas, cerdos, vacas, gallinas ... y hombres. Todos bajo el mismo techo.

Recuerdo los fríos inviernos,
Las lluvias,
Las nieves,
Y en verano, el sol,
Con niños de mi edad,
Bañándonos en el río cercano.
Aprendí pronto, con mi padre,
A pescar y cazar.
Los perros fueron mis amigos incondicionales.

Con ellos, durante la guerra civil, me perdía en los montes con la idea fija de traer a mi madre algún conejo que mitigara el hambre que padecíamos.

Mi padre era hijo de soltera.

El cacique del pueblo - siempre hay un cacique - tenía taberna.

Movía algunos miles de reales a lo largo del año en sus negocios. Uno de ellos era librar del servicio al que le pagaba por el primitivo procedimiento de hacer pasar a un "tarado" en el lugar del mozo que previamente había sido citado.

No existían documentos de identidad en el siglo XIX.

No había nada que no fuese ignorancia y miseria.

Este "avispado", deja preñada a la más pobre del lugar: mi abuela.

Se llamaba Carlota, por ello a mi familia se la conoció siempre por "Los Carlotos".

Si triste era la vida de aquella infeliz antes de parir, más triste lo fue después de que alumbrara a su niño, allá por 1880.

Le puso por nombre José. Pronto lo envió a otra aldea de "criadito" para cuidar cerdos.

La penuria de aquel muchacho fue tanta que más tarde me contó: "la ropa interior se pudría en mi cuerpo, no había otra de repuesto". Creció sin que su padre natural le dirigiese la palabra, ni a él ni a su madre.

En aquellas fechas, la emigración de los desheredados estaba dirigida hacia Portugal y Sudamérica. Consiguió marcharse tempranamente hacia Brasil.

Un paisano suyo le enseñó en Río de Janeiro la profesión de callista. En 1910 regresó al pueblo fijándose en mi madre, catorce años más joven que él. Al ser menor de edad mis abuelos maternos se opusieron a una relación con aquel hombre sobre el que seguía pesando el estigma de ser el más pobre del lugar, y además, de ser un viejo en relación a ella. Era hijo de padre desconocido, aunque todos lo conocían y temían.

Decidieron huir.

Se casaron en Brasil. Allí nació su primera hija.

Trabajaron duro ambos. Mi madre de asistenta.

Después de cinco años volvieron al lugar que les había visto nacer.

Hicieron una casa y allí se quedaron hasta 1936, comienzo de la sangrienta contienda entre españoles. Yo tenía ocho años y oía hablar a las gentes de guerra. Con ello comenzó el calvario de muchos. Mi progenitor era considerado "comunista" por el resto del vecindario.

Además, por desgracia para él, no congeniaba con el cura. No iba a misa. Le pasaron factura, le persiguieron.

Huyó al monte creyendo que aquella pesadilla se acabaría pronto.

Intentó formar un grupo guerrillero y los que decían estar con él lo vendieron.

Consiguió refugiarse en una casa vecina del extremo opuesto del pueblo que le cobijó durante seis meses.

Desde una "ventanuca" me veía sin que yo lo viese, jugar y desfilar con mi camisa azul y mi correaje de falangista como los demás niños.

Una mañana, tenía yo nueve años, me dijo mi madre: "Nelsito, lleva esta escalera a casa de la señora Aurora". Allí me presenté y en el corral llamé pero nadie me atendió.

Detrás de la puerta, supe más tarde, se escondía mi padre ; que mirando por una rendija (posiblemente llorando) quiso verme de cerca por última vez.

Aquella noche cruzaría la "raya" portuguesa.

La guerra tomaba visos de prolongarse y a él le seguían buscando cada noche con más ahínco.

Su drama fue el drama de todos los perseguidos por sus ideas.
Sin amigos, sin dinero, sólo huyendo podían salvar sus vidas.

Tenía cerca de sesenta años. Le esperaban veinte kilómetros de noche andando por la sierra.

Dejé la escalera en la puerta de la vecina. Seguí ajeno a la tragedia.

Algunas noches, fuertes golpes en la puerta me despertaban; eran los carabineros que con un farol o un candil en la mano, miraban debajo de las camas, en el arca, en el corral,... buscando a mi padre.

Pasaron los años y la Guerra terminó. Me enteré porque repicaban las campanas.

Tenía once años, muchos piojos y hambre, sobre todo hambre.

A pesar de ello, para mí era un hecho feliz ir con mis tías a las ferias:

Enormes "caminatas" detrás de los animales que los labriegos conducían con esperanza de poder venderlos.

Allí había mucha gente,
Mucho ganado,
Muchos tenderetes.

Y el humo del fuego en el que hervían el pulpo. Un plato de pulpo compartido, era el premio a un día de marcha por la montaña. Ida y vuelta.

Algunos habían vendido, otros no supieron ceder en el regateo. Tendrían que esperar otra feria para intentarlo de nuevo.

También vienen a mi mente los días de fiesta.

Las romerías.

En los pueblos cercanos, en aquellas fechas se comía. Las gentes eran generosas.

Mozas y mozos cantaban alegres por los caminos.

En cada aldea había un toro, que era de propiedad común, para ser utilizado exclusivamente como semental.

Algunos domingos le hacían medir sus fuerzas con el del pueblo inmediato. También eso era motivo de fiesta.

Una hermosa estampa: el buey seguido de los aldeanos cmaino de la vega que sería escenario de la lucha a cornadas entre dos sultanes...

En un amarillento y viejo cuaderno encontré, pasado el tiempo, escritos por mí estos versos:

"No tengo cabras ni vacas
que pasten en la ladera...
tan sólo tengo una caña
con la que intento
pescar, y un amigo;
que es mi perro,
y un deseo nada más:
que vuelva pronto mi padre,
para juntos poder irnos
al monte o al río.
Ya que desde que se ha ido,
Triste estoy, porque no puedo
A su vera ir a cazar."

Al año siguiente me dijo mi madre:

"- Tienes que irte con tío Pepe, que vive en Argentina. Él te hará un hombre. Llegarás a ser rico.

-¿Quién me llevará?

- Su mujer vendrá este verano. Te irás con ella."

Así fue.

Aquel interminable viaje, lleno de bultos y gentes, quedó para siempre impregnado en mi cerebro.

No pensaba en lo que podría encontrar después de tan larga travesía.

Soñaba con mi aldea y como la vi la última vez la tarde de mi partida, llorando desde lo alto del monte, dormida entre las "carballeiras".

¿Qué será de mi perro?

¿Quién lo cuidará?...

El "Dorado" prometido
se redujo a un "tugurio",
una taberna
cerca del puerto
¿Mi trabajo?
barrer suelos,
fregar platos.
Tan sólo por las noches,
antes de dormirme
en mi camastro,
era feliz soñando con mi pueblo,
cuando haciendo de pastor
cuidaba la "veceira".

Conocí un joven francés con el hice amistad, mi primer amigo en la nueva vida.

Él iba por las noches a una academia de pintura. Me incitó a que hiciera lo mismo.

Acepté por estar cerca de él ya que era la única persona que me había demostrado algún afecto.

Así comenzó mi vida de pintor...

Cuando pasado algún tiempo vendí mi primer cuadro, representando el puerto, y me dieron por él lo que mi pariente no me daría en muchos meses de duro trabajo, empezó a bullir en mi cabeza la idea de escapar de aquel infierno.

No tardó mucho.
Sin encomendarme a Dios ni al diablo,
cogí mis bártulos y mis escasas pertenencias,
en el mismo saco que de Galicia había traído
y me fui a pintar por las esquinas.
Por intermedio de mi nuevo amigo
encontré una buhardilla
que sin saber si iba a poder vender para pagarla
tomé, entregando como fianza todo lo que tenía.

En el Centro Gallego conocimos a una muchacha
que al francés le gustaba,
pero por azares de la vida
era yo el que le gustaba a ella.
Él no tardó en darse cuenta.
Ni él ni yo éramos responsables de ello.
Algunas tardes
los dos amigos nos íbamos a pescar
en un barquito de remos.
En los días calurosos
me tiraba al agua y nadaba alrededor de la lancha.
Pero una vez, la última,
cuando esto hice, vi con asombro que mi amigo se alejaba
remando hacia la lejana orilla.

De nada sirvieron mis gritos
¡ llamándole...!
La suerte y el hecho de saber nadar
se aliaron conmigo
y me salvaron la vida.
Extenuado, después de horas,
llegué a tierra.
Tardé en encontrarle algunos días
y al verle, sin mediar palabra
me lancé contra él agrediéndole.
Una feroz pelea entre dos jóvenes nos hizo terminar ante la policía...

No pudieron averiguar la causa de la batalla.

No dije nada.

Él nada dijo.

Aquello fue el fin de una amistad, para mí muy valiosa, entre otras cosas porque era la única que tenía y murió por una mujer que no llegó a enterarse de que un hombre había intentado, por celos, matar a su amigo.

No he vuelto a verles nunca.

Recorrí, durante veinte años que duró mi período de emigrante, muchas partes del continente americano.

En Méjico coincidí con Bardasano de quien recibí sabios consejos.

Antes, en Buenos Aires, me acerqué con temor al estudio de aquel autodidacta y gran pintor Quinquela Martín, de quien sus cuadros empezaba a pagar la burguesía a precio de oro.

También él me ayudó consintiendo que le viera pintar siempre que yo quisiera.

Entre pinceles y colores se han desenvuelto los años que anduve por tierras extrañas.

En los centros gallegos esparcidos por el mundo, cargaba mis baterías; porque en el aire se respiraba la morriña, el amor a nuestras raíces de las que nos habían arrancado.

Un hombre solitario como yo era, no necesitaba mucho para vivir.

Por ello me fue posible, incluso ahorrar.

Compré algún cuadro de los pintores que admiraba.

Así fueron pasando por mis manos mucho otros que por norma duraban poco tiempo en mi poder.

¡Quién los tuviese hoy!

Fui hombre de muchas mujeres, que tardaban en dejarme lo que tardaban en saber en qué ganaba la vida.

A ninguna le hacía ilusión mi vida bohemia. Ni siquiera disfrutar conmigo de los grandes banquetes con que algunas veces las obsequiaba.

Ellas se daban cuenta, enseguida, que solamente ocurría cuando había vendido algo, y cuadros no son roquillas. Ni se venden todos los días.

Así que haciendo "mutis por el foro" se buscaban algo, para ellas, más pragmático, más estable, más seguro...

Las mujeres no viven sueños.
Son realistas.
En cuanto a mí, aprendí que los "destetes" son dolorosos.
El hombre es un animal de costumbres fijas.
Toda rotura y más si es sentimental, produce en el alma un trauma que solamente el tiempo cura.
..

En esas crisis, me refugiaba en la pintura como terapia que ayuda a combatir las depresiones, y a mí me inhibía contra la tristeza de verme nuevamente en compañía de mi soledad.

Comparto el significado de la frase que dice: "A enemigo que huye, puente de plata..."

El mal de amores, no puede curarse con otro amor precipitadamente buscado. Es cuestión de tiempo.

Me hice amigo de los escritores clásicos.

Nunca ha paso una noche en mi vida que no haya dedicado algunas horas a la lectura.

Mi padre permaneció en tierras lusitanas hasta que la calma relativa de los vencedores hizo posible el regreso, sin peligro de muerte, para algunos desarraigados.

El cura había muerto, y al hablar de él, recuerdo que jugando un día con otros rapaces al lado de la iglesia, vi la puerta entreabierta. Llevado por la curiosidad miré hacia el altar para ver quienes estaban dentro. No había nadie y al marcharme vi una viejecita que con la chaqueta cubría su cabeza detrás de la puerta, arrodillada, con un libro entre sus manos. Al mirar su rostro en la penumbra me di cuenta que era el cura; el de tal guisa, disfrazado, rezaba en solitario.

Su actitud de camuflaje se debía al temor de que alguien pudiera tomarse la justicia por su mano y atentase contra su vida.

Era un fanático creyente.

Por ello pienso, que si está en el infierno, estará seguro, a la diestra de su Dios vengativo.

En la paz de mi buhardilla o viajando y pintando por los lugares más inverosímiles, fueron pasando los años de mi juventud.

Me interesé, por medio de mi hábito a la lectura, por las corrientes fauvistas, impresionista, y simbolista, en París.


Los años de la emigración transcurrieron, hasta que en 1960 necesitaba volver, como el que necesita respirar.

Así que, sin pensarlo mucho emprendí viaje de regreso.

Traje conmigo lienzos enrollados de pintores españoles de principios del siglo XX y trescientas mil pesetas en billetes, cantidad que por esas fechas era una cantidad considerable si teníamos en cuenta que por cinco pesetas se podía comer muy bien en España y que una habitación de hotel no sobrepasaba las veinticinco pesetas por noche.

Recuerdo muy bien que me instalé en el hotel Suizo de Madrid y al poco tiempo adquirí en cuarenta y cinco mil pesetas, pagadas en cómodos y largos plazos, un piso en la calle General Ricardos situado cerca de la plaza de toros de Carabanchel donde hice trasladar a mis padres, en el que han permanecido hasta su muerte.

A mis dos hermanas menores pude pagarlas un colegio de monjas en Orense hasta que pudieron hacerse maestras. Hoy viven de sus jubilaciones.

Opté por fijar mi residencia en aquel hermoso pueblo de pescadores, ajeno por completo al "bum" que, poco tiempo después lo convirtió en la gran ciudad de Benidorm, donde compré, también a plazos, por cuarenta mil pesetas, un apartamento que pasados los años vendí para poder adquirir uno más amplio que todavía conservo en la playa de poniente de dicha localidad.

Allí permanecí cuatro años hasta que mis inquietudes me condujeron a la Meca de la pintura. En París viví cuatro años.

En 1966 volví a Madrid de donde no es fácil que pueda irme de nuevo, a pesar de que es un lugar que no me agrada y que su clima seco no es ideal para mi quebrantada salud.

Fui marchante de muchos pintores, entre los que recuerdo con afecto a Antonio Casero ya a Angel González Marcos de quienes conseguí colocar en Méjico su pinturas de temas taurinos de mejor calidad en aquella época.

Casero era un hombre hogareño, místico,... que en los últimos años de su vida había perdido el juicio a raíz del fallecimiento de su esposa de la que estaba profundamente enamorado.

González Marcos era un bohemio, había intentado ser torero, aprendió a pintar pasándose las horas muertas en el estudio de Roberto Domingo viéndole trabajar. Fue aficionado a la caza. Una noche me llamaron diciéndome que se había ido a cazar perdices con reclamo y no había vuelto.

Se movilizó todo el pueblo. Al segundo día lo encontramos extenuado debajo de una roca, sin cartuchos; los había gastado pidiendo ayuda, se había perdido.

Como antes había hecho - en distintos los lugares por los que me había llevado el destino - en Madrid frecuentaba el centro Gallego y allí un día de frió, después de dar un largo paseo con un amigo de nacionalidad portuguesa, nos dirigimos al referido centro en el precisamente ese día, a mis treinta y ocho años de edad conocí a Mercedes, hoy mi mujer, diez años más joven. No es gallega, mas sí leonesa, maragata, oriunda de una hermosa aldea: Priaranza, situada cerca de un río cristalino que bajaba del Teleno cargado de truchas, en cuyos márgenes pasé horas de quietud y sosiego pintando o pescando.

Congeniamos y hoy, pasados treinta años estamos juntos y solos. Nuestros dos hijos cumplen sus destinos por caminos diferentes.

Como otros pintores antes que yo, soñaba dejar un museo en mi tierra gallega que llevara mi nombre en el encontraran cobijo la colección de obras de otros pintores que a lo largo del tiempo e ido reuniendo.

Parte de esa colección se halla catalogada en el libro "Colecciones particulares de Pintura", por mí editado. Con la colaboración de B.N.P. se editó también el libro "El pintor Nelson Zumel", en el que gran parte de críticos vierten sus opiniones sobre mi obra.

Igualmente vio la luz, con la colaboración de la diputación de Lugo y Orense, el libro "Nelson Zumel la ilusión de pintar", el que diferentes personalidades de las Artes, Letras y Política, me dedican elogios, que sinceramente, llenan mi espíritu de vanidad.

He creado un premio de pintura que lleva mi nombre que en el futuro será gestionado por la Fundación Nelson Zumel.

Es el único caso en la historia del Arte que un pintor en vida crea un premio para sus competidores.

Últimamente quizás por el hecho de que mi muerte está cerca, me rindieron honores y me otorgaron menciones honoríficas como:

Miembro de la Academia Internacional de Arte Moderno de Roma, Presidente de la Fundación Nelson Zumel, Presidente de Honor de la Fundación O Grelo, Director Honorario del Museo Nelson Zumel (Lugo), Caballero de la Enxebre Orden de la Vieira, Caballero de la Serenísima Orden de la Alquitara, Caballero de la Orden del Camino de Santiago, Socio de Honor de la Sociedad de Artistas Ferrolanos, Socio de Honor de la Organización Mediterránea de Periodistas y Escritores de Turismo. Premio 1996 "Amar a Lugo" concedido por la asociación R.T.V., Hijo Adoptivo del Municipio de Luyedo de Somoza (León), Hijo Predilecto del Municipio de Baltar (Orense), Máster de Oro "Fórum Alta Dirección". Medalla de Oro del "Ayuntamiento de Ferrol", Miembro numerario de la Cofradía Internacional de Investigadores de Toledo. Socio de Honor de los Centros de Mallorca y Zaragoza. Miembro de Honor de la Fundación Carlos III. Grelo de Oro 1996. Caballero de la Orden de Carlos V. Caballero de la Orden de San Fernando. Consejero de Número de la Sociedad de Estudios de Historia de España.

(Fuente: baltar.es)