EL ANCIANO, EL NEO-RURAL Y LOS MALLOS

(Carta literaria desde el corazón del Reino)

Jacobo García Blanco

Salud y gracia, "viejo" amigo.
Salud, porque a tu edad dicen que es lo único que importa. Gracia, por que la da el recuerdo, el que yo tengo de ti y el que estoy seguro que tu aun mantienes vivo de tu aldea, el lugar donde pasaste los 365 días de cada uno de los 90 años de tu vida.

Cuando llegue aquí hace una década, tu ya estabas despidiéndote poco a poco de tus costumbres, de tus rutinas agotadas, mentalizándote cargado de esperas para el retiro familiar, te quedaba por decir pocas y parcas palabras mezcladas con suspiros, lamentos y nostalgias... Ahora, hace unos días que no vienes y te imagino acechando el sol desde la galería interior de un bloque urbano, repasando mudo tus memorias y dejando escapar el tiempo que probablemente allí, se te hará mucho más denso...

En tu última visita, ya estabas prácticamente sordo, más delgado, más débil, pero aún tuviste aliento para subir las cuestas que tan bien conoces y llegar hasta la fuente, donde las casas se ven por encima y el pueblo se dibuja sobre el verde intenso y extenso del paisaje. Saludaste los encuentros sin oir las respuestas, recorriste tus esquinas, los huertos, las paradas, pero caminabas como un autómata obsesionado por llegar arriba... Buscabas la altura incapaz de retener los detalles que encontrabas a tu paso, deseoso de verlo "todo" de golpe en una sola panorámica que llevarte grabada en la retina. Los pueblos de la ladera lo mejor que tienen es la vista sobre el llano inmenso y colorido que nunca es el mismo, que cada día cambia. Igual que tu, si tuviera que escoger un recuerdo de esta tierra y de mi vida en ella, sería este escenario privilegiado que se ve desde nuestras ventanas, desde el depósito de agua, desde la sierra...

Aun reconozco el fresco de tu bodega en las mediodiadas calurosas cuando nos sentábamos en algún periódico sobre la losa, en la penumbra, los dos mirando tus manos huesudas por la artritis entretenidas en faenas menores, en desanudar una cuerda, en desdoblar un clavo, en preparar un aparejo. Terminabas relatando de otros tiempos, de cuando eras joven y la vida era más asequible, más sencilla. Te veía como un hombre que había sido feliz sin salir nunca del lugar, pero creo que amargabas la vejez porque las cosas cambiaron demasiado deprisa, por que no tuviste tiempo de adaptaros y los abuelos ya no sois "sabios" como los de antes. Quizás el progreso a veces nos aparta de un manotazo de la época que nos toca vivir, nos arrastra imparable dejándonos por sorpresa sin apoyo, entre un mundo que se va sin preguntar y otro que no hemos visto llegar... No dudo que es siempre bueno para la colectividad, pero a veces resulta incomprensible para sus individuos.

Aquí hay pocas novedades, salvo que cada vez quedamos menos. Van llegando mejoras a cuentagotas que nos abren la posibilidad de un futuro, se arregla la carretera, se amplía el merendero, se marcan los caminos y las pistas. Ahora el ganado ya no duerme en el casco urbano y desde luego que está mucho más limpio, que hay menos pulgas... Pero ¿ves?, el recuerdo de las puestas de sol con los rebaños entrando tumultuosos y atropellados por sus estrechas calles, con el pastor y los perros aireando sus diálogos de voces y ladridos, no se me olvidará nunca. El pueblo recibía la noche con un despertar de la vida, inundado por los plañidos impacientes de los lechones, por los focos de los corales y el balar acompasado de las corderas... Si algo hace patente hoy la amarga despoblación que sufrimos, son sin duda estos atardeceres modernos y solitarios, este silencio permanente de nuestras calles pulcras, que se hace escandaloso cuando la oscuridad se apodera de ellas...
También están llegando las líneas ADSL a estos confines, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que nos están permitiendo dejar de ser tan remotos... Pero no puedo evitar que cuando llegue el invierno me de más confianza ver que tengo la leñera llena, que saberme "on line" y con acceso en Web, que en sus largas tardes de soledad me haga más compañía un fuego poderoso que la película estrella del mejor canal digital...

¿Sabes?, Últimamente subo a menudo a ver el paisaje desde los picos, sin prisa, recreándome en la contemplación de los detalles. Me gusta ver cambiar los campos de color a medida que van sucediéndose las estaciones y la luz del sol, que también es diferente de verano a invierno. He aprendido a abandonar la mirada lejana, a leer entre el cielo y la tierra, a saborear la magia del horizonte que se acerca o se aleja, pero que es siempre espléndido desde estos montes... Creo que la grandeza del espectáculo de la Naturaleza y de ciertas cosas que he encontrado aquí, reside en el hechizo de saberlas inmutables pero percibirlas diferentes cada vez, llenas de vida... Como estas vistas. Como la sierra y sus ruidos, sus colores, sus olores... Como el tronco que flamea en el hogar, que siempre se consume, pero que nos susurra cada noche fantasías distintas. Como el vino del porrón, que nunca sabe malo...

A veces temo por esas vivencias sencillas y atávicas a las que damos la espalda sin darnos cuenta, esas que no cambian de tu mundo al mío, esas a las que me aferro cuando el nuevo siglo se me descubre demasiado complicado para la comprensión de un hombre solo... Como el sabor único de las cenas micológicas de otoño si se ha rastreado con pericia entre los pinos durante la tarde. O el placer del baño solitario en una poza sombría entre los rápidos, después de una larga caminata de verano. O la calidez vecinal de coger capazo en el solano de un portillo en susurradas conversaciones de primavera. O el olor limpio y frío que nos trae el cierzo de las primeras nieves, cuando se le aguanta la mirada de cara. O la belleza que tu querías recordar aquella tarde, en la que buscabas la magnífica puesta de sol que avisa de las noches heladas en esta tierra...

Creo que son estos recuerdos los que revives ahora en tu rincón postrero, los que persisten en tu memoria, los que ves cuando cierras tus ojos gastados y turbios. Por eso he subido aquí para escribirte esta carta, porque desde esta atalaya privilegiada el espectáculo es hoy más mesiánico que nunca, más hermoso, más vehemente... El infinito arde intenso como el ascua de la carrasca y el azul se difumina en una degradación de tonos naranjas que ribetean de color violeta los jirones en que deshilachan las nubes altas. En los campos, los contornos se van oscureciendo lentamente mientras todo se cubre de una densa neblina, por la que asoman resistiéndose a ser engullidas las puntas de las colinas. Los pueblos cercanos dibujan sus calles con hileras de luminarias parpadeantes y el río serpentea plateado, con las últimas claridades en los tramos que descubre a nuestra vista. La luz rojiza que inunda el cielo se abraza al granito y la caliza de los roquedos que salpican nuestro territorio, realza la majestuosidad elegante de Los Mallos, ese estandarte imperecedero que nos une de nuevo en Reino...
Frente a mi está "El Puro", serio y erguido, líder adelantado en el conjunto, convidado de piedra de todas nuestras biografías, condenado por el azar geológico a admirar esta belleza que le rodea por los siglos de los siglos. El también te saluda. Brindaremos los tres juntos esta noche de luna llena por esos fundamentos que permanecen, que sirven de puente entre las generaciones y las culturas, que nos mantienen vivos y nos acompañan hasta el final...
...en Marcuello a 17 de Marzo de 2003


Jacobo García-Blanco.

(Él es quien te sirve el refresco en el bar de la explanada del Castillo, cuando feliz y cansado tras la visita al monumento te sientas, displicente, dispersando la mirada por la Sotonera; sin imaginar que quien te atiende es también parte activa del entorno, que lo ama, y vibra y siente siguiendo sus ciclos estacionales...)

 


| Portada | Presentación | Actividades | Artículos | Visitas | En Imágenes | Altas | Libro de Sugerencias |

|Enlaces | Niños |

| NOVEDADES | LIBRO DE VISITAS | PELÍCULA DE RIDLEY SCOTT |

SOCIOS DE HONOR

Páginas consultadas:

Ver mis estadísticas