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Las edificaciones románicas del conjunto de Marcuello, formado por la ermita de
Santa María, la Torre del Castillo que da nombre al lugar, y la pequeña iglesia de San Miguel, en
el municipio de Loarre (Huesca), han sido mis compañeros durante más de 80 años. Hemos compartido
el tiempo, y me considero parte de ellos.
Estos monumentos dan un aspecto singular a la montaña que los alberga, visible desde un amplio entorno.
¡Qué impotente me siento ante su deterioro, olvido y abandono!. Cada vez hay más sillares abatidos
en el suelo, y las plantas crecen a sus anchas entre sus debilitadas estructuras. Su estado ruinoso me entristece
profundamente y me hace pensar en el poco tiempo que les queda dominando el paisaje desde cualquier lugar que se
observen.
Tengo la sensación de que no debemos permanecer impasibles ante la pérdida irrecuperable, tantas
veces anunciada, de estas pequeñas maravillas arquitectónicas, que lamentaremos cuando sea demasiado
tarde. Me digo que los responsables políticos y patrimoniales tal vez no tengan conocimiento de su lamentable
y vergonzoso estado. Desde aquí quiero hacerles un llamamiento urgente para que, lo antes posible, tomen
en consideración lo que queda de estos antiguos monumentos, muy debilitados por los siglos.
A los que vivimos aquí nos preocupa pensar que podemos perder para siempre este ornamento de la montaña,
que da carácter a nuestra tierra y que habla sin palabras de nuestro pasado. Sé que otras muchas
edificaciones de este tipo se han restaurado a lo largo y ancho de nuestra provincia, alegrando a los residentes
de la zona y acarreando una afluencia de foráneos que desean admirar nuestro patrimonio, bien conservado
y esplendoroso.
Todavía conservo la esperanza de que antes de mi marcha definitiva, pueda ver estos edificios restaurados,
o consolidados, o al menos conocer su aprobación para ello. Si es así, sabré que han entendido
nuestro sentir y por tanto nuestro mensaje. ¡No los dejéis caer!.
Bernardo Ibort Arbués
16/09/2004
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