-DESDE LA BARRA-




Desde la barra el castillo es como una postal hermosa resaltada en el cielo, un fondo majestuoso y altivo que sirve de excusa, una muralla que escupe el publico de un mundo aparte...

Trabajando en el bar son pocas las ocasiones de visitarlo, quizás en días sin gente aprovechando la soledad de sus penumbras y el silencio que rezuma de sus muros centenarios. Las pocas veces que cruzo su puerta, furtivo y envalentonado, me detengo junto a la marca de Tulgas y ya allí, como en los lugares sagrados, me domina la aprensión de un respeto que supera mi raciocinio.

Para los guías que lo recorren y explican a diario, para los que saben historia, entienden el arte y lo pasean en grupo, para los que llevan libros, prisa o hacen fotos, la percepción de la fortaleza será diferente. Pero para mí es un espacio misterioso y lleno de vida invisible, un álbum de signos que no entiendo ni sé razonar, marcas románicas que no sé leer...

En mi ignorancia, solo puedo acercarme a la piedra desgastada y acariciar la herida del cincel todavía viva, cerrar los ojos y oler la agridulce humedad de los siglos encerrados, asomarme desde la oscuridad por sus ventanas y sentirme como un ladrón que le roba la mirada... Desde dentro se percibe mas grande, más compacto, más entero... más vivo.

Desde fuera y a diario habrá detalles que inexcusables, acaparen la atención: una carretera sin remate, un parking ya pequeño, un retrete solitario y desbordado, unas praderas sin uso, una línea de luz a la que ansío enchufarme liberándome de generadores, baterías y butanos, de helados que suben y bajan, de neveras veraniegas que hay que repostar 24 horas... Pero siempre que al terminar la jornada salgo al abierto y me siento en la roca solitaria donde se fotografían los turistas, lo miro y como si me enfrentase a un gran enigma, reconozco la pesadumbre humana ante las cosas que nos superan.

Desde allí lo veo a contraluz, con el poniente escondido tras las almenas del Homenaje, bordeado de chispeos y colores y me imagino, que es fácil sentirse abrumado por su presencia intramuros, desbordado por la fuerza con que se eleva todavía hoy sobre las rocas y lo palpable que sigue siendo toda su historia, mística y misterio...

En 1996 ya estaba claro que a largo plazo, el castillo era un valor seguro como referente turístico en muchos kilómetros a la redonda, que estas casetas eran provisionales y algún día habría infraestructuras más sólidas en la plaza... Mi compromiso fue llegar a vivir de esto para atenderlo todo el año, mi lastre y mi condición, tener que hacerlo con una maleta llena de incertidumbre siempre preparada junto a la puerta. Mi lucha ha sido ir mejorando la capacidad y la autonomía de esta humilde taberna, mi pena es no haber podido acristalar el mirador, porque ahora entiendo que aunque hay de todo, lo que aquí se vende es escenario...

Y de hecho la gente se relaja contemplativa en la terraza... Desde allí su foto es perfecta, con las murallas desplegadas en escalonados saltos sobre el terreno, con la torre del vigía asomándose tímida y apartada, la fachada del ábside colgando exuberante sobre el vacío y el cuerpo de la construcción, a la derecha, con sus paramentos vastos y angulados, sus ajimezadas ventanas pudorosas y las dos torres retadoras, sobrias y paralelas... La cara este es la más simpática e inofensiva y sin duda, la sombra y la música, la silla y el vino, dulcifican todavía mas la perspectiva... Aun así, el monumento es solo un lateral del enorme decorado que ambienta el bar que en realidad, esta orientado al sur, al llano... al infinito.

Si no se tiene la ambición de mirar muy lejos, entre este monte y la capital se descubre todo un mundo de detalles llenos de vida, que hoy son ya lugares comunes en mi retina... A vista de pájaro la Hoya de Huesca puede parecer solitaria y monótona, pero a fuerza de mirarla se descubre un dilatado mosaico tan colorido de contrastes, que es imposible no imaginar los deseos y sueños de aquellos reyes conquistadores hace mil años, asomados al balcón de la Sierra Caballera.

Gratal hay que verlo de lejos, devolviendo metálico los primeros rayos de luz fría en la pálida aurora de invierno. Los Mallos que custodian lanceados ambas orillas del Gallego, son cálidos galanes en los anaranjados atardeceres en los que el río les ronea, con guiños tardíos entre curvas y escondidas. Huesca se hace reina insinuante en las noches oscuras de verano, iluminada y expuesta, tan cercana que parecen distinguirse las siluetas de la vida en sus ventanas.

El Embalse de la Sotonera, resaltado entre la bruma, es como un espejo de caprichosa forma al que se asoma la luna, llena de coquetería. En las tardes en que lluvia y sol compiten y conviven apasionados, el pantano de las Navas hierve salpicado de reflejos y arco iris.

Cuando se labra, la estela polvorienta del tractor colorea perezosa los campos línea a línea. Luego esos surcos siguen su evolución cromática hasta la cogida, como en un cuadro que pintan juntos hombre y naturaleza cada año y nunca termina... Los pueblos, núcleos, castillos, granjas o casetas, diseminados como brotes de esfuerzo y esperanza, son dignos de ser contemplados y escuchados uno a uno y todos juntos, a cualquier hora...

Durante los nueve años que he estado aquí, he conocido mucha gente, podría rememorar muchas anécdotas, muchas conversaciones en diferentes idiomas... muchas caras. Pero, ¿para qué detallarlas si esas personas las recordaran mejor que yo? Ahí quedan días gloriosos de masiva afluencia, el vino de una boda elegante, un picnic de 400 almas, las sobremesas de las cofradías, los conciertos en la explanada, las noches de Djs, los domingos de entretiempo, las excursiones de asilos y colegios...

También guardo para la nostalgia de mi vejez, momentos más íntimos en los que solo yo y mi compañía fuimos dueños y protagonistas de la magia de este cielo estrellado, de las mediodiadas azul y cristalinas de primavera, de las puestas de otoño matizadas de colores...

Porque aunque cuando hace buen tiempo, cuando viene publico este lugar es un privilegio, en general no es fácil trabajar al aire libre. Hay que ir siempre a favor de los elementos. El cierzo, rebotando traidor en las paredes del Pusilibro, es un adversario cruel que azota ancianos y niños, que vuela mesas y toldos. El bochorno se ve venir ladera arriba y parece que se aguanta, pero te embauca ladino como una caricia húmeda que imperceptible y seductora, termina calando hasta los huesos. Las tormentas de verano espantan a la gente sedienta, la aguanieve y el hielo, revientan las tuberías y agrietan las manos que trabajan sin guantes. La lluvia que viene sola y dócil sin embargo, se convirtió en aliada el día que teché y entarimé frente a la barra. El sol de estío, recio y abrasador, revaloriza las sombras del bar y el frío de sus neveras...

Probablemente serán este tipo de vivencias, las que me han brindado la naturaleza que me rodeaba y a la que he dedicado tiempo y paciencia, las que más recuerde con los años. Espectáculos singulares como un centenar de golondrinas cazando en el aire hormigas aladas, abejas sin flores sorbiendo las gotas de cola salpicadas en la mesa, o avispas voraces cazando moscas atontadas por el calor...

Amigos sin voz que merecen mención, como el petirrojo atrevido y confiado que entraba hasta la cocina sin dejar de piar permiso, el mirlo guerrillero y huidizo que anido tres años detrás de los lavabos, o la comunidad de gorriones que viven de las migas del bar rebuscando traviesos entre las mesas... También hay una liebre juguetona encamada ladera abajo que sale al paso deportiva si voy cantando, un raboso bucanero con mancha oscura en el ojo izquierdo que campa furtivo junto a la carretera, y una zarza que he trenzado perseverante como un parterre y donde recojo moras gordas sin pincharme, como racimos de uva en una parra...

Puede que pronto este bar desmontable termine su andadura, que sean otras y mejores instalaciones las que tomen el relevo... Si miro atrás todos los sinsabores se difuminan con una patina de orgullo, todos los juicios de valor se diluyen en el reconocimiento de que es el logro del esfuerzo de un hombre solo... Cuando miro el presente sé que ha llegado el final de este espacio de provisionalidad permanente, que aguantare si hace falta otra cosecha, un año mas esta rutina montaraz que ya es rentable para la subsistencia... Pero no quedan cartas en la baraja y hay que empezar partida con una nueva...

Si intento un balance creo que mis objetivos y metas están cumplidos, mis retos superados... Me siento como el que vuelve entero al punto de partida después de una larga e improvisada aventura sin alforjas, como el que se despereza de un viaje iniciatico del que se sabe dueño, curtido por los obstáculos, sabio por la experiencia, cargado de lecciones y modestia...

A veces, medievalizado quizás por la sombra de sus almenas, me veo a mi mismo como un errante de escudo y yelmo librando batallas sin botín, amparando castillos sin corona, defendiendo el honor inquebrantable y la belleza de esa dama etérea que flota siempre alrededor suyo... Me reconozco paladín de su noble causa, pero soy como mucho un Caballero-Juglar con humildes palabras con las que poner nombre a mi espada y mis propias gestas...

Porque si hubiera sido un cronista o un poeta, tendría un álbum con las imágenes más bellas, un libro escrito en el que él seria protagonista... Como la escultura que nace de la piedra inerme y late en el corazón del que le da forma, así me he alimentado yo de su tutela y su apoyo compañero.

Por eso habría dedicado mis mejores versos a darle vida, a contar que lo he visto llorando lagrimones por sus muros bajo la lluvia densa y tupida, silbando a la ventolera, gritando provocador a la tormenta colgado del pararrayos, riéndose lleno de luz por encima del mar de niebla y algodón inmenso y reluciente...

Y aunque he llegado hasta el encuentro con solo un báculo que guía mis pasos, una lanza de caminante, la rompo por él... Como una ofrenda a la dignidad que le debemos, como un tributo a los próximos mil años que seguirá ahí viéndonos pasar a todos, sabedor de que aunque el tiempo y la distancia hagan tabla rasa, siempre queda algún poso de café flotando en el fondo del aljibe del olvido...

...en Loarre, diciembre del 2004

Jacobo GARCIA-BLANCO

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Amigo...

Gracias por tu compañía. Gracias por tu sombra. Gracias por calmar nuestra sed. Gracias por ese café caliente cuando el frío aprieta. Gracias por esa tribuna privilegiada para fotografiar el Castillo. Gracias por saber transmitir esos momentos personales e irrepetibles. Gracias por tu amistad...

Pero hay álgo que no te puedo agradecer... Y ese álgo es que casi no veo lo que escribo porque se me han humedecido los ojos, leyendo...

Y yo pensaba que era más fuerte, más insensible... ¡Maldita sea! Me has puesto en evidencia conmigo mismo.

Donde quiera que amarres tu barca: Mi Respeto.

Antonio García Omedes

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