Bueno, pues ya nos ha pasado de largo la primera oportunidad de promocionar Aragón
a través del estreno de la superproducción de Sir Ridley Scott.
A estas alturas, la inconfundible silueta del Castillo de Loarre se está repitiendo en miles y miles de
pantallas en todo el mundo, al principio y al final de la película. Alfa y omega. Y vuelta a empezar. Después
perdurará en video y DVD.
A la postre, el castillo no se hallaba a la orilla del mar, como se llegó a decir antes de su estreno. Tampoco
en la Francia medieval, como rezan los subtítulos de la historia contada por Scott.
No se si a estas alturas de la película, el Director General de Turismo sabrá cómo se llega
hasta ese castillo. Lo que si se es que cuando nos recibió en el Pignatelli el 4 de febrero de 2004 a la
Alcaldesa de Loarre y a mi, nos confesó con absoluta naturalidad que no había estado nunca el el
Castillo; pero que esperaba visitarlo.
Me consta que la Fox estuvo absolutamente abierta a llevar a cabo el estreno en Aragón y que soñar
con el glamour del mismo no era fantasía de unos pocos sino auténtica posibilidad.
Ello como todo, tiene un coste. Promocionar Aragón también tiene un precio. Tomar decisiones en uno
u otro sentido ha de hacerse desde una situación de ausencia de prejuicios o preferencias.
Soy consciente de que los recursos son limitados y limitativos. Pero a la vez me doy cuenta de que subyacen un
montón de condicionantes, tendencias y compromisos previos.
No se le ha escapado la oportunidad a Loarre. Como bien dice el Consejero: "Allí sigue. No nos lo han
quitado y lo rentabilizaremos".
No era Loarre el primer beneficiario de la gran puesta de largo. Ni siquiera Huesca. Entiendo que era una gran
oportunidades para promocionar Aragón (a un coste asumible: 240.000 euros) y situarlo en el mapa ante los
ojos del mundo de cara a eventos próximos como Zaragoza 2008. Una oportunidad perdida.
Sigo en mi empeño por difundir a través de Internet el trabajo y el mensaje de los viejos canteros: "El románico, que logró hacer de la piedra enfriada por los duros inviernos
el foco de calor que abrió las puertas de la modernidad a estos valles que, usted y yo, queremos con toda
nuestra alma", como me apuntaba en unas cálidas y acertadas
palabras ya hace un par de años el Prof. Domingo Buesa Conde. Un millón de páginas consultadas
es indicador suficiente para intuir que el asunto interesa a mucha gente. Aunque solo sea historia. Aunque solo
sea cultura. Y eso es parte de nuestro pasado y seguramente herramienta para labrar nuestro futuro.
Y entretanto nuestros regidores... Me vienen a la mente unas palabras de Guillermo Fatás, que ya hace tiempo
me impresionaron y que lamentablemente siguen plenas de vigencia: "...
Aunque sería necesario que nuestros regidores supieran de qué se trata y quién fue Goya, y
qué hizo, y qué vale, cosa que no espero lograr con este artículo, que ya voy criando muchos
callos en la imposible misión de intentar que aprendan álgo que no sea de color pardo." ("Nosotros, no". Heraldo de Aragón, 3 Julio 1994.: pág. 31)
No quiero que vean en estas líneas la pasión del que ama o el despecho del rechazado. No. Recorro
Aragón de arriba abajo, su arte románico, y también el de otras regiones de España para disfrutarlo
y difundirlo. Y alzo mi voz no solo por el gran castillo, sino también por la pequeña ermita, como
San Juán Bautista de Rasal, recientemente restaurada, o San Julián de Asprilla en Espuéndolas
que espera resignada que le llegue su turno desde el siglo X. Son los hermanos pobres del Reino de los Cielos.
Y veo su valor potencial para el futuro de esos lugares que se van despoblando. Y hay actitudes que me duelen,
sobre todo porque aún se está a tiempo de rentabilizar el creciente interés que despiertan
en un amplio sector de la sociedad que dispone cada vez de más tiempo libre y mayor avidez por nuestra cultura.
Quizá sea un idealista. Es más que probable. Pero cada día somos más los idealistas.
Y cada cuatro años nos preguntan nuestra opinión. La película no ha hecho mas que empezar.