-LA SEO DE ZARAGOZA -(Cont)-
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Acceder al interior del cilindro románico es sumergirse en la historia más antigua del templo. No es esta una zona abierta a la visita turística; pero gracias a un afortunado conocimiento de un amigo de la familia, he tenido e privilegio de hacerlo, fotografiarlo y compartirlo con todo aquél que desee apreciarlo.
El acceso se efectúa a través de la sacristía mayor, al fondo de la cual una portezuela da paso a una especie de zaguán delimitado por sendos arcos de medio punto con marcas de cantería en forma de flechas (Imagen 2). Entre ambos, a nuestra derecha, restos de un vano románico, quizá del desaparecido absidiolo. Al "interior" del ábside accedemos por un vano abierto en el propio cilindro, entre dos columnas y sobre la bancada perimetral corrida (Imagen 4).
La primera vez que se accede a este reducido espacio produce una agradable sorpresa ya que como ya he comentado, la austeridad exterior no hace presagiar la riqueza casi "barroca" de su interior. Decorativamente es excepcional el tratamiento de este ábside. Arquillos ciegos repletos de escultura y adornos, capiteles de gran tamaño con buena labra tanto en sus cestas como en sus ábacos, dos bandas con escenas esculpidas y estatuas de buen tamaño casi exentas, representando apóstoles, de las que quedan dos en magnífico estado e incluso con restos de policromía.
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En lo visto, se advierte la existencia de cuatro grandes semicolumnas adosadas, de un módulo realmente excepcional, que segmentan el cilindro en tres lienzos, cada uno de los que se decora con arquillos ciegos en sucesión, sobre columnas erigidas sobre la bancada corrida.
Lo conservado del ábside es el paramento vertical del mismo, interrumpiéndose en el punto donde debió de voltear su bóveda. La misma debió de ser de cuarto de esfera y reforzada por cuatro nervaduras, continuación de las grandes semicolumnas que confluirían con el fajón del arco triunfal de acceso al cilindro absidal. Es probable que entre la última semicolumna vista y el hipotético apeo del arco triunfal (quizá una semicolumna doble al modo languedociano?) hubiesen dos arquillos más en cada lado. Así completarían el número de doce huecos para otros tantos apóstoles, orientados hacia el punto central del ábside donde es lógico que estuviese el titular del templo, Cristo.
La decoración de los arquillos ciegos, como ya he apuntado, es recargada y casi excesiva (Imágenes 5 y 6), sobre todo si se tiene en cuenta el hecho de que se complementa con una serie de bajorrelieves -de la creación del hombre hasta la expulsión del paraíso- situados como continuación de las cestas de los capiteles, con lo que a ese nivel se creó una banda escultórica plena de información.
La otra banda escultórica, a la altura de nuestros ojos, la componen otra serie de bajorrelieves que además de adornar e instruir con su mensaje, sirven de apeo a las esculturas de los apóstoles. Apóstoles que quedan encuadrados por las columnas adyacentes y ambas bandas esculpidas descritas (Imágenes 7 a 9).
Hay una circunstancia en estas esculturas apostólicas que puede ser de interés. Es el hecho de que no son piezas estructurales como lo son los capiteles, sino que están adosados al cilindro absidal en un pequeño rebaje labrado en sus sillares, de apenas cinco centímetros de profundidad. Es probable que estas esculturas, de magnífica labra se añadieran al ábside ya concluido para evitar su fácil deterioro, sobre todo dado lo exento de las mismas.
Tres apóstoles en cada uno de los lienzos laterales (6), dos más en el central, flanqueando a Cristo y vueltos hacia Él (8). Y faltarían cuatro. Por ello creo que en la zona no vista, habría dos arquillos ciegos más en cada lado para albergarlos. Y más allá un alargado presbiterio, del que no tengo información alguna.
Los dos magníficos apóstoles que han llegado hasta nosotros son esculturas excepcionales. Traslucen un momento avanzado del románico, ya casi gótico, con personalidad en sus miradas. Con alma y movilidad. Expresiones perfiles y rizos que a García Lloret evocan lo visto en el tímpano de San Nicolás de Tudela, y cuyos pliegues de sus vestiduras plenos de volumen y gracia me traen a mi a la memoria lo visto en la psicostasis de Biota.
Los restos de policromía en las encarnaciones de sus mejillas o en las niñas de sus ojos, hacen entrañable al apóstol de pelo rizado de la imagen 15.